El idioma portugués ocupa el séptimo lugar en el ranking de los idiomas más hablados (después del chino, español, inglés, hindi, árabe y bengalí). Con más de 234 millones de hablantes en todo el mundo, es lengua oficial en muchos países, como Portugal, Brasil, Angola, Mozambique y Guinea-Bisáu, donde se considera lengua materna.
La historia del portugués está estrechamente ligada a la de su pueblo, que a partir del siglo XV emprendió una extraordinaria aventura marítima y en pocas décadas se expandió por los cuatro rincones del mundo.
Calificado como lengua de poesía y música, el portugués proviene del latín vulgar, que se hablaba en un territorio denominado Lusitania por los romanos. Esta región corresponde aproximadamente al Portugal actual, junto con parte de León, Castilla y Extremadura, hasta las cercanías de Toledo. Roma aseguró la dominación de Lusitania en el siglo II a.C., estableciendo la colonización romana con soldados, funcionarios y comerciantes. La administración, la legislación y el latín se impusieron, y este último se difundió rápidamente en todas las capas de la población, desplazando a la mayoría de dialectos primitivos.
Tras la caída del Imperio romano de Occidente en 476, el latín hablado en esta provincia fue adquiriendo rasgos propios que lo diferenciaron del de sus vecinos leoneses y castellanos. A finales del siglo X, se sintieron las primeras influencias del francés, tanto de la langue d’oïl como de la langue d’oc, en el vocabulario religioso y señorial. El gallego-portugués alcanzó gran refinamiento y prestigio, siendo considerado en toda la península como la lengua de la poesía por excelencia. En el siglo XV, Portugal ya tenía su idioma nacional, separado del gallego.
Las grandes exploraciones iniciaron un proceso de expansión territorial que aumentó rápidamente el área lingüística lusófona. El portugués se enriqueció con aportaciones de lenguas indígenas (bantúes, tupíes y asiáticas) y, a su vez, introdujo términos exóticos en otras lenguas europeas (como “piraña” o “jaguar”).
Desde el siglo XVIII, el español dejó de ser la segunda lengua cultural, siendo reemplazado por el francés, lo que introdujo numerosos galicismos en el portugués. El idioma dejó huellas imborrables no solo en los territorios donde hoy se habla, sino también en aquellos donde fue lengua franca, manteniendo una primacía internacional hasta mediados del siglo XIX. Hoy en día, con sus variantes europea, brasileña y africana, sigue siendo uno de los idiomas clave en el mundo y en la Unión Europea, junto con el español, francés, inglés y alemán.